Anchorage tiene un solo vertedero para 300.000 residentes, y se proyectaba que se llenaría para 2050; una cuarta parte de los residuos sólidos municipales es orgánica. El compostaje parecía obvio, pero el programa anterior de la ciudad había colapsado en 2011 tras escándalos financieros que destruyeron la confianza pública. Cuando el alcalde Ethan Berkowitz preguntó a los Master Gardeners en abril de 2016 qué podía hacer la ciudad por ellos, la respuesta fue: dennos compost.

Solid Waste Services pasó el problema al empleado Travis Smith, cuya respuesta fue casi agresivamente de baja tecnología: repartir cubetas gratuitas. Los residentes llenan una con restos de comida, la llevan al vertedero y la cambian por una cubeta de compost terminado. Lanzado en dos meses para la temporada de cultivo de 2016, el programa comenzó con 250 cubetas y un único punto de entrega a diez millas de la mayoría de los residentes. La gente pidió más cubetas y puntos más cercanos, y el departamento escuchó: en 2017 trasladó los puntos de recogida, permitió a la gente usar sus propias cubetas y abrió la entrega a usuarios no registrados.

Los números siguieron a la confianza: casi 7 toneladas de restos de 250 participantes en el primer año se convirtieron en 22 toneladas de 700 usuarios registrados en el segundo año, más otras 22 toneladas de un piloto de residuos de jardín de 122 viviendas. Una residente informó que su basura se redujo a una bolsa parcialmente llena al mes en verano. Para su tercer año, los residentes estaban importunando las redes sociales de Solid Waste preguntando cuándo se abriría la temporada, el programa se integró en la estrategia de resiliencia de la ciudad y el siguiente piloto —carritos de acera de 96 galones— ya se estaba perfilando.

Primer año: 250 participantes, casi 7 toneladas de restos. Segundo año: 700 usuarios registrados, 22 toneladas, más otras 22 toneladas de un piloto de residuos de jardín de 122 viviendas.

El intercambio de cubetas cerró el ciclo de forma visible: los residentes entregan residuos y sostienen el compost en que se convierten, que es lo que reconstruyó la confianza tras el fraude de 2011.

Comenzó deliberadamente a pequeña escala, para que los comentarios de cada año (puntos más cercanos, cubetas propias, sin registro) pudieran absorberse a bajo costo.

La caducidad del vertedero para 2050 dio al departamento un plazo concreto; los orgánicos eran una cuarta parte del flujo de residuos que tenía que desviar.

La resiliencia alimentaria importaba en un estado abastecido por barcaza y avión: el compost alimentaba los jardines que hacen a Anchorage menos frágil.

Reconstruir un servicio público fallido a pequeña escala y de forma física, no grande y digital: una cubeta gratuita es legible, reparable y permite al departamento acumular victorias tempranas antes de escalar.

Para junio de 2018 el programa estaba en su tercer año, con residentes siguiendo su apertura en las redes sociales y un piloto de carritos de acera a continuación. La ciudad lo había vinculado a la estrategia 'Anchorage: Welcoming and Resilient'. El material no registra nada más.

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Las fuentes

  1. Anchorage, Alaska, solved its composting problem with buckets instead of apps. Slate · slate.com ·